Los últimos de la siembra

El burro no dejaba de rebuznar, cuando el sol alcanzaba lo más alto del cielo azul. El animal no había parado de labrar la tierra en todo el día. José decidió darle un descanso. Le quitó los amarres del trillo y se lo llevó a la alberca que tenían cerca de la modesta casa que había en el pequeño terreno. José andaba cansado, ya le pesaban los años, sus manos áridas como la tierra seca, eran el testimonio de una larga vida en el campo. 

Amarró al borrico a una anilla que había en la pared de la casa y andó unos pocos pasos hasta la tapia encalada y pintada de color añil, como la mayoría de casas manchegas del pueblo, aunque estaba algo desconchada. Cogió dos cubos que había allí apoyados, los llenó de agua y se los puso bajo la boca a la dócil bestia. Retrocedió hacia la tapia buscando el botijo de barro que había allí al cobijo de la sombra y lo empinó para saciar su sed con un trago de agua fresca. Sacó del bolsillo de su camisa un cigarrillo y con un par de palmadas sobre el sucio pantalón, encontró el mechero y prendió el cigarro mientras contemplaba la siembra. 

—Tenemos que aligerarnos Pepe, así no terminamos hoy—le dijo al borrico. 

Mientras el animal agachaba el cuello para llegar al agua que tanto deseaba. José le acarició el  peludo y áspero lomo y con una sacudida le espantó las moscas que lo molestaban. 

—Desde que murió Carmen los años me van pesando mas ¿verdad Pepe?, ¡Pero que me vas a decir tú!—exclamó José mientras le abría la boca al equino—tu boca no engaña y tu ya tienes una pila de años encima, pero sigues cumpliendo como el primer día y eso hay que agradecértelo Pepe, eres de los pocos que no se han ido de este pueblo. 

El burro se giró hacia él y acercándose a José, frotó su cabeza contra el hombro del hombre. José le miraba la boca, mientras le enseñaba los dientes amarillentos de entre los que salía un olor intenso y algo molesto si se olía de cerca, pero José estaba ya acostumbrado a él. Lo agarró del bocado y lo condujo hasta un olivo donde lo amarró y el viejo se sentó sobre un tarugo que había bajo la sombra de aquel árbol. 

—¿Te ha llamado a ti Juan?—mirando al burro—llevo meses sin saber de él. Desde que se fue a Madrid vive para el trabajo y no se acuerda de su padre. ¿Tú lo entiendes?, porque yo no. 

José se levantó y comenzó a andar de un lado a otro frente al burro.

—Estoy perdiendo el juicio, pero como lo vas a entender tu, si eres un simple borrico, pero me da igual, me da igual, ya que no puedo hablar con mi hijo, pues tendré que hablar contigo, aunque no me vayas a contestar. Es que si no me voy a volver majareta, tanto tiempo sin cruzar mas que algún saludo con la poca gente del pueblo. ¡Que cada vez quedamos menos!.

Volvió a rebuznar el burro y José le soltó la guita que le amarraba a aquel olivo.

—Todos se van del pueblo—le gritaba al animal— el otro día lo hablaba con el vecino, que también me dijo que se iba del pueblo. Una pena la verdad, cada vez quedamos menos aquí, mucha tierra que labrar y poca gente que quiera cuidar del campo y no lo entiendo, no lo entiendo, si con un pedazo de tierra y un par de animales tienes comida para todo el año, nada de grandes lujos, pero se puede vivir. 

Se paró en seco delante del hocico de burro y le cogió con las dos manos la cabeza. 

—El vecino me ha dicho que se va con su hija al sur, a mí Juan nunca me ha dicho de ir a Madrid. Lo más al norte que he estado fue en Toledo y porque nos llevaron para un mitin de esos que los políticos hacen para pedirte el voto. Obviamente el acto era socialista. Aunque yo nunca voto, son todos iguales. Pero el Felipe ese me parece un buen tipo. 

Se acercó a las largas orejas del borrico y le murmuró. 

—Bueno espero que a Juan le vaya bien, le enviaré algo de queso y vino de la bodega del pueblo, que sé que le gusta, a ver si así levanta el teléfono y me llama. 

José fue al chamizo que había al lado de la casa y cogió un poco de alfalfa y heno y se lo dio a Pepe. 

—Tu eres mi única compañía Pepe y yo echo mucho en falta a Carmen. A veces, cuando voy a la cocina, espero encontrármela allí o ayudándome en las tareas del campo, porque ahora que hablan de tanta igualdad Pepe, yo a Carmen la he tratado más que bien, no hemos tenido una voz más alta que la otra y la he querido como a nadie. Tu lo sabes bien, ella te trataba con más cariño que yo cuando se ponía a labrar la tierra contigo. Lo único que no me gustaba era que se despertara antes de que saliera el sol, por eso venía yo en avanzadilla, antes de que rompiera el día. 

El agitado monologo que le estaba contando a Pepe, le removió los recuerdos y aceleró su corazón. A José le costaba respirar y en un abrir y cerrar de ojos, se vio bajo los pies del animal que lo miraba fijamente. Mientras José expiraba su último aliento en el suelo, una sombra se le acercaba a paso ligero. 

—Padre, padre—dijo una voz. 

—Carmen, Carmen—exhaló José. 

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