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Uvas de sangre

Tras la misa de diez en la capilla de San Isidro, que se encontraba al lado del cementerio, una mujer vestida de negro sale a paso ligero y tras varios minutos andando se detiene frente al dintel de una panadería, levanta los brazos y se arregla el rodete de pelo negro. Antes de entrar ya podía oler el aroma del pan y el perfume de la canela, que le advertían que se estaban horneando dulces, pero su olfato no los alcanzaba a distinguir. 

Sonó la campanilla que había sobre la puerta de la panadería y pudo ver sobre el mostrador los panes, dispuestos en hileras y al lado de estos un cesto de mimbre con galletas y magdalenas recién horneadas. 

—Buenos días Luisa, te echaba de menos—dijo el panadero. 

—No hablemos mucho Guillermo, dame un pan blanco y te dejo aquí las pesetas, que no quiero causarte problemas. 

—No mujer, aquí estamos todos en contra de lo que está pasando en el pueblo. 

—Lo se Guillermo, pero lo de Andrés está muy reciente, no hemos podido ni enterrarlo. ¡A saber dónde lo habrán tirado esos canallas!. Por eso he ido hoy a misa, a rezar por su alma y para ver si el cura podía ayudarme, ya que tenían tanta amistad. 

—¿Cómo está el pequeño Luis?—preguntó el panadero. 

—Aun no sabe nada. Le he tenido que decir que se ha ido unos días al monte a preparar leña para el invierno. 

Mientras decía aquellas palabras se le precipitaban unas lagrimas por las mejillas, nada más que de pensar en cómo decírselo a su hijo Luis.

—Deberías decírselo, no vaya a ser que se encuentre con el mal nacido de su tío Antonio y le diga algo. 

—Lo que hizo ese cobarde lo pagará, te lo juro. Intentaré decirle algo durante la comida. Corre Guillermo, dame el pan, que no quiero que me vean mucho tiempo fuera de casa.  

—Con Dios Luisa.

—Adiós Guillermo.

Cuando Luisa llegó a casa, se encontró a Luis jugando con las gallinas en el corral. Estaba con los mofletes colorados y su pelo castaño alborotado. El niño tenía doce años y entre semana estaba con Don Anselmo, el cura, aprendiendo a leer y escribir, ya que su padre no quería llevarlo a la viña porque lo veía muy flaco y prefirió que fuera todas las mañanas a aprender a leer con el cura.

—Luis, Don Anselmo me manda saludos. 

—Mañana me va a reñir, no me has dejado ir hoy a misa y sabes que los domingos son el día de Señor.  

—No te va a reñir, ¡anda ven aquí!. 

La madre con un gesto cariñoso sacó un pañuelo blanco de su bolsillo y mojándolo con un poco de saliva se lo frotó por las mejillas para limpiarle los churretes que tenía. 

—Siéntate hijo, tengo que contarte algo. 

—¿Qué pasa mama?

—Luis, padre no está en el monte. 

—Entonces dónde esta padre?

—Padre ya no está con nosotros—le dijo su madre con lagrimas en los ojos. 

El niño apretó los puños, asintió con los ojos rojos y se quedó callado bajo la sombra de la parra que los cubría. 

—Madre, sé lo que está pasando, están matando a gente, lo escucho por las noches, siento los disparos. 

—Si hijo, el tío Antonio el otro día…  

—Quiere la viña, me lo dijo padre—le interrumpió Luis.

—Sí y fue a las autoridades y lo denunció, dijo que era comunista, cuando tu padre nunca se ha metido en estos líos. Él su labranza y su casa. Pero ahora toca ser fuertes Luis, tienes que ayudarme hijo, ya buscaremos venganza por lo que ha hecho tu tío Antonio. 

En ese momento el niño abrazó a la madre y salió corriendo, sin comer y con lo puesto. 

Ya estaba cayendo el sol, eran los últimos rayos de aquella tarde de otoño y Luis todavía no había regresado. Su madre estaba preocupada, pero pensaba que estaría paseando cerca de los molinos, como solía hacer por las tardes con su padre. En las ascuas encendidas, le tenía el puchero, dentro de una orza de barro, para que se conservara caliente para cuando llegara. Se levantó para avivar el fuego, esperando su regreso y de repente escuchó un ruido sordo, sonó más cerca de lo habitual de aquellas noches. Corrió bajo la luz de la luna, ella tenía un presentimiento, algo había sucedido. Llegó hasta donde el corazón le había guiado, frente a la casa de su cuñado Antonio, sabia que Luis estaba allí, lo sentía. En la puerta vio una sombra. Cuando se acercó vio los ojos del asesino de su marido. Estaban inmóviles, como su cuerpo acribillado por perdigones. El uniforme que llevaba estaba manchado de la sangre que le brotaba del costado y tras la puerta, cuando alzó la vista encontró a su hijo, con la escopeta de Andrés en las manos. 

—¿Qué has hecho hijo?, ¡pero que has hecho!—repetía Luisa sin parar. 

—Cumplir con la voluntad de padre. Él me dijo, que si lo mataban cogiera su escopeta escondida bajo la chimenea de la casa de la viña y acabara con el tío Antonio. Padre sabia que esto sucedería. 

Las manos de Luisa temblaban, sentía como el corazón se le escapaba del pecho. Agarró fuerte del brazo a Luis que dejó caer el arma en el zaguán de aquella casa y corrieron hacia a la viña. Ya allí cogieron un petate, algunos racimos de uvas y le puso al pequeño una chaqueta de su padre, para luchar contra aquella fría noche de otoño. Cuando tuvieron todo dispuesto salieron rápidos por el camino. La madre tiraba con fuerza de la mano de su hijo y se fueron perdiendo en la oscuridad que abrigaba aquel viñedo, manchado con la sangre de una guerra absurda entre hermanos. 

Los últimos de la siembra

El burro no dejaba de rebuznar, cuando el sol alcanzaba lo más alto del cielo azul. El animal no había parado de labrar la tierra en todo el día. José decidió darle un descanso. Le quitó los amarres del trillo y se lo llevó a la alberca que tenían cerca de la modesta casa que había en el pequeño terreno. José andaba cansado, ya le pesaban los años, sus manos áridas como la tierra seca, eran el testimonio de una larga vida en el campo. 

Amarró al borrico a una anilla que había en la pared de la casa y andó unos pocos pasos hasta la tapia encalada y pintada de color añil, como la mayoría de casas manchegas del pueblo, aunque estaba algo desconchada. Cogió dos cubos que había allí apoyados, los llenó de agua y se los puso bajo la boca a la dócil bestia. Retrocedió hacia la tapia buscando el botijo de barro que había allí al cobijo de la sombra y lo empinó para saciar su sed con un trago de agua fresca. Sacó del bolsillo de su camisa un cigarrillo y con un par de palmadas sobre el sucio pantalón, encontró el mechero y prendió el cigarro mientras contemplaba la siembra. 

—Tenemos que aligerarnos Pepe, así no terminamos hoy—le dijo al borrico. 

Mientras el animal agachaba el cuello para llegar al agua que tanto deseaba. José le acarició el  peludo y áspero lomo y con una sacudida le espantó las moscas que lo molestaban. 

—Desde que murió Carmen los años me van pesando mas ¿verdad Pepe?, ¡Pero que me vas a decir tú!—exclamó José mientras le abría la boca al equino—tu boca no engaña y tu ya tienes una pila de años encima, pero sigues cumpliendo como el primer día y eso hay que agradecértelo Pepe, eres de los pocos que no se han ido de este pueblo. 

El burro se giró hacia él y acercándose a José, frotó su cabeza contra el hombro del hombre. José le miraba la boca, mientras le enseñaba los dientes amarillentos de entre los que salía un olor intenso y algo molesto si se olía de cerca, pero José estaba ya acostumbrado a él. Lo agarró del bocado y lo condujo hasta un olivo donde lo amarró y el viejo se sentó sobre un tarugo que había bajo la sombra de aquel árbol. 

—¿Te ha llamado a ti Juan?—mirando al burro—llevo meses sin saber de él. Desde que se fue a Madrid vive para el trabajo y no se acuerda de su padre. ¿Tú lo entiendes?, porque yo no. 

José se levantó y comenzó a andar de un lado a otro frente al burro.

—Estoy perdiendo el juicio, pero como lo vas a entender tu, si eres un simple borrico, pero me da igual, me da igual, ya que no puedo hablar con mi hijo, pues tendré que hablar contigo, aunque no me vayas a contestar. Es que si no me voy a volver majareta, tanto tiempo sin cruzar mas que algún saludo con la poca gente del pueblo. ¡Que cada vez quedamos menos!.

Volvió a rebuznar el burro y José le soltó la guita que le amarraba a aquel olivo.

—Todos se van del pueblo—le gritaba al animal— el otro día lo hablaba con el vecino, que también me dijo que se iba del pueblo. Una pena la verdad, cada vez quedamos menos aquí, mucha tierra que labrar y poca gente que quiera cuidar del campo y no lo entiendo, no lo entiendo, si con un pedazo de tierra y un par de animales tienes comida para todo el año, nada de grandes lujos, pero se puede vivir. 

Se paró en seco delante del hocico de burro y le cogió con las dos manos la cabeza. 

—El vecino me ha dicho que se va con su hija al sur, a mí Juan nunca me ha dicho de ir a Madrid. Lo más al norte que he estado fue en Toledo y porque nos llevaron para un mitin de esos que los políticos hacen para pedirte el voto. Obviamente el acto era socialista. Aunque yo nunca voto, son todos iguales. Pero el Felipe ese me parece un buen tipo. 

Se acercó a las largas orejas del borrico y le murmuró. 

—Bueno espero que a Juan le vaya bien, le enviaré algo de queso y vino de la bodega del pueblo, que sé que le gusta, a ver si así levanta el teléfono y me llama. 

José fue al chamizo que había al lado de la casa y cogió un poco de alfalfa y heno y se lo dio a Pepe. 

—Tu eres mi única compañía Pepe y yo echo mucho en falta a Carmen. A veces, cuando voy a la cocina, espero encontrármela allí o ayudándome en las tareas del campo, porque ahora que hablan de tanta igualdad Pepe, yo a Carmen la he tratado más que bien, no hemos tenido una voz más alta que la otra y la he querido como a nadie. Tu lo sabes bien, ella te trataba con más cariño que yo cuando se ponía a labrar la tierra contigo. Lo único que no me gustaba era que se despertara antes de que saliera el sol, por eso venía yo en avanzadilla, antes de que rompiera el día. 

El agitado monologo que le estaba contando a Pepe, le removió los recuerdos y aceleró su corazón. A José le costaba respirar y en un abrir y cerrar de ojos, se vio bajo los pies del animal que lo miraba fijamente. Mientras José expiraba su último aliento en el suelo, una sombra se le acercaba a paso ligero. 

—Padre, padre—dijo una voz. 

—Carmen, Carmen—exhaló José. 

Volverá la primavera

El letargo ha tomado la ciudad, el miedo y la desesperanza se camuflan hoy en la gente y estos no son más que los sentimientos latentes estos días de cuarentena, con una Cuaresma que se apaga en las calles, pero que sigue presente en los hogares, en una primavera que acaba de empezar y que ya es una “primavera perdida”. 

Sevilla vive una hibernación, un impasse que Morfeo ha querido dormir, donde su gente, hace sonar desde los balcones, los sonidos de las añoranzas que tendremos todos este año, suena la voz de un sevillano pregonando a la Semana Santa de Sevilla, el Pali cantando a una feria de abril que se pierde, mientras el azahar se apaga y las túnicas vuelven enojadas a los armarios, pero la ciudad de la Esperanza, sabe que esto no es más que un bache del cual saldrá más victoriosa, la “Muy noble, heroica, leal, INVICTA y Mariana ciudad de Sevilla”. 

Sevilla sabe, Sevilla lo sabe, que volverá la primavera y sabe que va hacer del otoño sus noches de farolillos, sabe que su Semana más Santa se ha esfumado este año sin ver una nube gris en el cielo, pero sabrá celebrarla alrededor de una estampa iluminada por una vela en familia, que recoge la fe y el sentimiento de una ciudad que le pide a la de los ojos grandes. Volverán las velas a iluminar una noche de Martes Santo en la plaza de San Lorenzo, volverá el ruan y volverá el esparto, volverá el incienso y la bulla, volverá el Señor a la calle y volverá ella, volverá la que define a la perfección lo que es Sevilla, porque con ella, volverá el alboroto a Parras y volverán las plumas y las corazas de las legiones de Pilatos, volverá la Esperanza y rebosará las calles de Sevilla. Y como no, volverá el culto a las iglesias y volverán las reuniones de amigos a la puerta de las tabernas, haciendo de estas, sus templos más personales, donde el oro que se bebe nos alegrará las noches, recordando cómo fue aquella primavera en la que Sevilla se durmió. 

Tardes de café en alguna esquina de la Alameda, noches de caracoles por los callejones de la Alfalfa, guitarras por el Salvador y paseos por la vega del río, en una primavera loca, estúpida, absurda, que se pierde, que se esfuma y que acaba de empezar, pero que coge carrerilla y que se arroja para volverse a vestir de albero un Domingo de Resurrección,  ya que Sevilla no es un toro manso, Sevilla es un Miura, que no da la batalla por perdida y que sabrá hacer del otoño su primavera, porque es la torre más fuerte, por lo que no lo dudéis que a Sevilla volverá la Primavera.